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    La condena de los tibios

    No me sirve tu afecto a cuentagotas. No entiendo de afectos que se guardan para el domingo por la tarde pero se esconden cuando el lunes aprieta. Me cansa tu forma de quererme solo cuando el viento sopla a favor, ese cariño intermitente que brilla un segundo y luego me deja a oscuras, tanteando las paredes de una habitación que nunca terminas de habitar. Yo no sé habitar los bordes. No sé ser un rincón donde descanses mientras decides si te atreves a entrar del todo. O entras o cierras la puerta, pero deja de quedarte en el umbral, dejando que el frío se cuele en mis huesos. Quiero el incendio completo o el invierno absoluto. No quiero tus sobras, ni tus palabras de compromiso, ni ese miedo disfrazado de prudencia que te impide mirarme a los ojos y decirme que sí, con todas tus ruinas y todas tus luces. Ya no tengo tiempo para descifrar silencios ni para conformarme con las migajas de un sentimiento que debería ser banquete. Me prefiero sola y hambrienta que llena de un amor que no me nutre. Porque al final, un amor a medias no es amor; es solo una forma educada de no quererse nada. Quédate con tu tibieza, que yo nací para arder.

    — Alejandro Ordóñez

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