La luz que me dejaste puesta
Gracias. No por quedarte, ni por las promesas que el tiempo se terminó llevando, sino por lo que fuiste mientras fuimos. Gracias por enseñarme que mi corazón todavía era capaz de abrirse sin crujir. Me devolviste la fe en los domingos compartidos y en el silencio que no incomoda. Contigo aprendí que amar no es poseer, sino ser testigo del vuelo del otro, aunque ese vuelo a veces signifique alejarse. Gracias por las palabras que me salvaron de mis propios naufragios y por los abrazos que me reconstruyeron cuando yo era solo un montón de piezas sueltas sobre el suelo. Me hiciste mejor, no porque me cambiaras, sino porque me permitiste ser yo mismo sin miedo al juicio. Hoy te miro desde la distancia y no hay rastro de amargura, solo una gratitud mansa que inunda todo lo que soy. Gracias por el amor, por el de verdad, por el que no pedía nada a cambio y lo daba todo sin llevar la cuenta. Me quedo con la calidez de lo vivido, con la certeza de que el paso de alguien por tu vida puede ser un incendio o puede ser un hogar. Tú fuiste la casa donde descansé del mundo. Gracias por haber sido el lugar donde por fin aprendí a no tener miedo de la ternura.
— Alejandro Ordóñez
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