El día que dejaste de quererme
Lo supe antes de que lo dijeras. Lo supe por la forma en que dejaste de mirarme cuando entrabas por la puerta. Por cómo tu abrazo empezó a durar menos, a pesar menos, a significar menos. Por ese silencio nuevo que se coló entre nosotros como una sombra que ninguno quiso nombrar.
Pero yo lo sentí.
Se siente, ¿sabes? Cuando alguien empieza a irse sin moverse. Cuando el cuerpo sigue ahí pero el alma ya se fue hace semanas. Se nota en los besos que saben a trámite, en las conversaciones que ya no llegan a ningún sitio, en esos "estoy bien" que significan todo menos eso.
Y aun así me aferré. Como un idiota, me aferré.
Me aferré a los recuerdos como si pudieran salvarnos. A esa noche en la que me dijiste que nunca habías querido así. A las fotos del teléfono que seguía mirando antes de dormir buscando en tu sonrisa alguna prueba de que aquello fue real. De que no me lo inventé. De que hubo un momento en el que yo era suficiente para ti.
Pero dejé de serlo.
Quizá nunca lo fui. Quizá me quisiste a tu manera, que no es la mía, y ahí estuvo siempre el problema. Que yo te quería como un incendio y tú me querías como una vela. Que yo estaba dispuesto a quemarlo todo y tú solo querías un poquito de calor cuando te convenía.
Qué difícil es querer más que el otro.
Qué difícil es darlo todo y ver cómo se te devuelve a medias. Poner el corazón en manos de alguien que lo sostiene con desgana, como quien carga algo que no pidió y no sabe dónde dejar. Así me sentí. Como algo que estorbaba. Como un amor que llegaba a un sitio donde ya no cabía.
Y me callé. Me tragué cada reclamo porque tenía miedo de que una discusión fuera la excusa perfecta para irte. Preferí tu indiferencia a tu ausencia, y mira que las dos duelen igual, pero al menos con la primera podía seguir fingiendo que estabas.
El día que lo dijiste no lloré. No grité. No te pedí que te quedaras.
Me quedé vacío.
Como una casa a la que le apagan todas las luces de golpe. Como una canción que se para a la mitad. Así. Roto por dentro y entero por fuera, que es la peor forma de romperse porque nadie lo nota.
Y ahora te busco en todas partes. En canciones que no debería escuchar, en calles por las que no debería pasar, en ese lado de la cama que sigue oliendo a ti aunque hayan pasado semanas. Te busco sabiendo que no voy a encontrarte. Y duele. Duele como duelen las cosas que sabes que no tienen solución pero tu corazón se niega a aceptar.
Pero aquí estoy.
De pie, aunque me tiemblen las piernas. Respirando, aunque me cueste. Despertando cada mañana y eligiendo seguir, aunque una parte de mí prefiera quedarse dormida para siempre en aquel día en que todavía me querías.
Porque al final lo que más duele no es que te hayas ido. Lo que más duele es saber que en algún momento, sin que yo me diera cuenta, dejaste de elegirme. Que mientras yo seguía luchando por nosotros, tú ya estabas soltando la cuerda.
Y un día aprenderé a no dolerme por quien no supo quedarse. Un día tu nombre dejará de pesarme en el pecho. Un día alguien me mirará como yo te miraba a ti y entonces entenderé que nada de esto fue en vano.
Pero hoy no.
Hoy todavía dueles.
Y está bien. Porque hay dolores que hay que atravesar, no esquivar. Hay heridas que necesitan sangrar antes de cerrarse. Y yo estoy aquí, sangrando en silencio, pero con la certeza de que esto también va a pasar.
Porque todo pasa. Hasta lo que creías que iba a durar para siempre.
— Por Escribir
¿Cómo te hizo sentir este texto?
¿Te está gustando este texto?
Únete a +50.000 lectores que reciben textos como este cada semana en su correo.
Si te gustó este texto, también te puede gustar...
Textos relacionados
Desliza para ver más →